viernes, 18 de noviembre de 2011

La Regenta. Leopoldo Alas Clarín.

Leopoldo Alas Clarín

De Pas no se pintaba. Más bien parecía enlucido. En efecto, su semblante blanca tenía los reflejos del estuco. En las mejillas, un tanto avanzadas, bastante para dar energía y expresión característica al rostro, sin afearlo, había un ligero encarnado que a veces tiraba al color del corbatín y de las medias. No era pintura, ni el color de la salud, ni divulgador del alcohol; era el rojo que brota en las mejillas al calor de palabras de amor o de vergüenza que se pronuncian cerca de ellas, palabras que parecen imanes que atraen el hierro de la sangre. Esta especie de embotellamiento también la causa el orgasmo de pensamientos del mismo estilo.
En los ojos del Magistral, verdes, con pintas que parecían polvo de tabaco lo más notable era la suavidad de alga; pero en ocasiones, de en medio de aquella espesez pegajosa salía un resplandor punzante, que era una sorpresa desagradable, como una aguja en una almohada de plumas. Aquella mirada la resistían pocos; a unos les daba miedo, a otros asco; pero cuando algún audaz la sufría, el Magistral la humillaba cubriéndola con el telón carnoso de unos párpados anchos, gruesos, insignificantes, como es siempre la carne informe.

La nariz larga, recta, sin corrección ni dignidad, también era sobrada de carne hacia el extremo y se inclinaba como árbol bajo el peso de excesivo fruto. Aquella nariz era la obra muerta en aquel rostro todo expresión, aunque escrito en griego, porque no era fácil leer y traducir lo que el Magistral sentía y pensaba.
Los labios largos y delgados, finos, pálidos, parecían obligados a vivir comprimidos
por la barba
que tendía a subir, amenazando para la vejez, aún lejana, entablar relaciones
con la punta de la nariz derrotista. Por entonces no daba al rostro este defecto apariencias
de vejez, sino expresión de prudencia de la que toca en cobarde hipocresía y anuncia frío y
calculador egoísmo. Podía asegurarse que aquellos labios guardaban como un tesoro la
mejor palabra, la que jamás se pronuncia. La barba puntiaguda y alborotadora semejaba el
candado de aquel tesoro.


La cabeza pequeña y bien formada, de espeso cabello negro muy
recortado, descansaba sobre un robusto cuello, blanco, de poderosos músculos, un cuello de
atleta, proporcionado al tronco y extremidades del fornido doctoral, que hubiera sido en su
aldea el mejor jugador de bolos, el mozo de más partido; y a lucir entallada levita, el más apuesto desocupado de Vetusta.

DESCRIPCIÓN DE DON FERMÍN                                          

Don Fermín es un hombre de piel muy clara con un suave rojizo en las mejillas en algunos momentos. Tiene los ojos verdes con pintas y crean una sensación de gran espesor en ellos, tenia una mirada muy penetrante la cual ocultaba con unos parpados anchos y gruesos. Tenia la nariz puntiaguda ligeramente curvada hacia abajo. Sus labios eran delgados y finos, con un tono pálido que hacian contraste con la barba.
La cabeza era pequeña y con un espeso cabello negro y muy recortado, por la parte inferior, su cuello era robusto, blanco y muy musculado al igual que el resto del cuerpo.

Se trata de un hombre cauteloso y tímido que pronuncia sus palabras cuando esta seguro de ellas, se muestra al margen de cualquier tema que no sea serio.
           
DESCRIPCIÓN

Lucía es alta como uno de los molinos que vemos en invierno en la montaña, tiene unas curva perfectamente definidas como una profesional del ballet. Tiene el pelo rubio que resplandece como el hermoso color del oro fundido, tan largo como uno de los días de agosto, este maravilloso cabello contrasta con sus ojos verdeazulados donde podemos ver todos y cada uno de los días el mar en ellos, con un toque mas claro por zonas que los hacen semejarse a los días en los que el mar azota fuertemente contra las rocas y crea sobre su superficie una pequeña capa de espuma. Sus pestañas son largas como cada una de las hojas de los abetos del bosque.

Resalta de ella su pequeña nariz redonda que contrasta con sus labios finos y definidos como si en ellos llevase siempre el color rojo del carmín.


     
                           
                                         



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